sábado 21 de noviembre de 2009

El pelotón






Cuando aquel zafarrancho de la sangre que recuerdan los abuelos con espanto, en el que se dirimían, más que nada, ruines intereses y negocios, venganzas cazurras entre hermanos por linderos o por pleitos antiguos de fincas o de herencias; cuando aquello que nombraron con los nombres hipócritas con que la historia esconde las miserias: la Cruzada, el Alzamiento o la Guerra Civil (si es que las hubo alguna vez); cuando entonces, la manera más ruin de hacer justicia consistía en aquello que dieron en llamar "el paseillo": sacar de la celda, al alba, con la niebla ensartada en los rastrojos, a un pobre hombre, con todo el terror mordiéndole como un perro en las entrañas para fusilarlo en pleno descampado.

Hacía frío, siempre lo hacía, hasta en agosto (por el clima, por el miedo o la vergüenza) en aquellas madrugadas del demonio. El piquete se quejaba, por decir algo o por pensar en otra cosa distinta del encargo. Y al ver que el preso también temblaba, pensando que era frío, le espetaban:

-Pues tú no te quejes, que no tienes que volver.

Lo peor es que después lo contaban, entre risa, en los cuarteles.


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viernes 20 de noviembre de 2009

Adios, Velasco, Adios

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Para Velasco, el último y gran cartelista del Teatro Emperador, se han encendido las luces del Teatro tras el final de la película apasionada de su propia vida. En aquellos tristes años grises de silencio y frío, sus carteles nos ayudaron un poco a ver la vida en technicolor.
Gracias Velasco, maestro y copañero

(Me permito copiar aquí lo que Marta Iglesias escibió en su momento):


JUAN ANTONIO VELASCO

Cartelista de cine

Texto: Marta Iglesias



Quién mejor para contarnos de este mundillo que Juan Antonio Velasco, cartelista, escaparatista y amante del cine hasta que la muerte los separe. Hace tantos años que pinta los carteles del Cine Emperador de León que nadie recuerda ya cómo se presentaban aquí las películas cuando él no estaba. Pero su contacto con el cine fue mucho antes: "Tenía seis o siete años cuando en un cine de Bembibre vi Morena Clara, una película mítica de Imperio Argentina. Y me marcó mucho porque me di cuenta de que el cine era una cosa distinta a lo que veía por la calle. Aquella pantalla blanca, con la cara tan enorme de aquella mujer cantando... Allí me hice forofo del cine". Y tanto. Porque Velasco además de amar el cine, era un magnífico dibujante que llenaba los libros de texto con retratos de actrices de la época y escenas de películas. Así que sumando dos y dos decidió que su futuro era hacer carteles de cine. Aún recuerda su primer cartel: "Lo pinté en papel de envolver y era la película Duelo al Sol, con Gregory Peck. Tenía unos 16 años y lo hice para un cine de Ponferrada". Y de ahí a León, donde sigue pintando hoy. 

En medio hay cientos de anécdotas, unas divertidas y otras más serias. Porque en plena dictadura ninguna profesión era fácil: "Lo de la censura es una historia muy siniestra. La intolerancia llegaba a hacerme sacar los carteles de la fachada y cubrirlos con brochazos para quitar escotes, piernas, me cortaban los carteles, me los quemaban. Hoy lo recuerdo y me parece como si hubiesen pasado cien años... y sólo han pasado 20. Por ejemplo tuve problemas con el cartel de Trapecio, me llamaron corrupto e inmoral por pintar a Gina Llollobrigida con las mallas que usan los trapecistas". Pero también hay anécdotas divertidas. Velasco confiesa que alguna vez le han robado carteles, "Y curiosamente casi sé el tipo de persona que lo robaba porque eran de películas musicales de gente joven, como El Muro, de Pink Floyd. Entonces sabía que era una vasca muy joven a la que le apetecía tener el cartel, y eso me hacía ilusión".
Según se sucede la conversación, nos preguntamos por el futuro de esta profesión apasionante, ya que hoy se cuentan con los dedos de la mano las capitales españolas que anuncian sus películas con carteles pintados a mano. Velasco, que ha recorrido mucho mundo, asegura que en el extranjero -Italia, Alemania...- los cines siguen teniendo estos carteles artesanos, que ya forman parte del espectáculo. "Pero en España este trabajo no tiene proyección de futuro. Antes había muchas empresas que se dedicaban a esto y que tenían muchos dibujantes. Estos estudios se han ido cerrando con el paso del tiempo y dentro de nada todos los carteles se sustituirán por pósters impresos digitalmente. Es una pena".
Mientras, el espíritu inquieto de Velasco se dedica tanto a poner un escaparate, como a pintar un cartel o a participar en exposiciones. Gracias a una de ellas conoció a un grupo de gente de Zaragoza que mantiene una tertulia de cine el último sábado de cada mes, y desde aquí Velasco anima a todo aquel amante del cine a organizar una tertulia de ese tipo en León.

lunes 16 de noviembre de 2009

La Taberna del Escocés

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No me gustaría que cuantos pasáis por aquí os perdierais la ocasión de echarle un vistazo (o de haceros fervientes seguidores de esa experiencia y proyecto cultural completo que se llama La Taberna del Escocés y que uno de sus miembros (Patricia Lodín) presenta con el siguiente texto:

El proyecto de los Cuentos de la Taberna del Escocés da vida a un espacio virtual en el que se desarrollan doce historias independientes que tienen como escenario común una taberna. En ella y a lo largo del tiempo, cobran vida una serie de personajes que no se conforman con mantenerse al margen unos de otros, y así, sus vidas terminan difuminando los límites que separan cada una de las historias, entretejiendo inesperadas relaciones y haciendo del conjunto un universo único y coherente.
Este mundo conformado a partir de doce historias es lo que aquí presentamos, y hemos querido hacerlo dimensionándolo, ofreciéndolo desde varias disciplinas: la literatura, la música, el dibujo y el diseño. De modo que cada una de las historias cobrará vida en un relato, una canción, un cómic y una viñeta que os iremos presentando mes a mes. Todas las obras publicadas tienen posibilidad de descarga libre, pues los autores hacemos devolución expresa al dominio público de las mismas.
El proyecto está llevado a cabo en colectivo. Un equipo de escritores se han encargado de narrar las historias, la banda Blue Identity de ponerles letra y música, un grupo de dibujantes de crear un cómic y unas diseñadoras de sintetizarlas en viñetas que compondrán, de seis en seis, una camiseta. Actualmente se está preparando un cortometraje por otro equipo diferente. Pero detrás de las más de veinticinco personas que estamos detrás de este proyecto, existe un ente con vida propia que es La Taberna del Escocés.
Los cuentos de La Taberna del Escocés nació en Internet, y en Internet se desarrolla. Y sus creadores estamos constituidos en Asociación para poder impulsar este proyecto así como otros afines.
Estáis invitados a acompañarnos y participar.

Pues dicho queda.  El que avisa no es traidor

sábado 14 de noviembre de 2009

Aquel maldito blog

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Cuando alguien le preguntaba, respondía que había escrito desde niño, que el escribir era ya, para él, como una segunda naturaleza que le acompañaba desde que tenía conciencia de su existencia.

Aunque, bueno, la verdad, cuando aquello comenzó a convertirse en algo habitual y necesario como el comer o el respirar, fue en la primera adolescencia.

De entonces conservaba todavía un diario, algunos cuadernos con poemas y hasta el esbozo de una novela en la que, como no podía ser de otra manera, el protagonista era un muchacho desgraciado sufriendo en silencio los males de un amor jamás correspondido que disfrazaba, sin duda, sus primeros desengaños.

En fin, cuestiones intimistas, más que nada. Cosas de la edad, como los granos.
Ahora, sin embargo, había llegado a esa edad en la que uno comienza a pensar la vida como si fuese la de otro, después de tantos desencuentros, de tantas despedidas y sintió, con la misma urgencia de aquella adolescencia, la necesidad de contar algo, cualquier cosa que le diera la oportunidad de ser escuchado por alguien en este mundo de prisas, de trenes que se cruzan, donde parece que todos hablamos a la vez.

Tal vez fue esto y no otra cosa (si no de qué) lo que le empujó a esa cosa tan moderna de abrir un Blog.

Lo abrió creyendo encabezar una legión (¿Cómo iba a saber que cada segundo que pasaba se abrían uno o dos?). Y allí, con el dulce temblor de los principios, fue escribiendo sin parar. Al principio eran sólo algunas historias intrascendentes de pequeñas gentes y cosas de un reino imaginado que, según decía, mermaba cada día. Después, algunas reflexiones; más tarde, sus más íntimos deseos, mostrando desnudeces que nunca había confiado ni siquiera a los amigos.

Después de un tiempo de abrirse así en canal frente a la máquina, y al ver la velocidad con la que sus propios escritos desaparecían, empujados por la urgencia igual de voraz y apresurada de otros que también querían hablar de sus cosas en el mismo sitio y al mismo tiempo, le asaltó una duda corrosiva: ¿Y si nadie escucha? ¿Y si no hay nadie ahí? ¿Y si todos y cada uno estamos solos, aunque escribiendo en compañía?.

No lo pudo evitar. Escribió y escribió continuamente para no desaparecer de la lista de los últimos “post” en la pantalla.

Y nada. Ni un solo indicio de que alguien leyera sus escritos. Ni un solo comentario.

Hasta que, por fin, apareció ella (o él ¿cómo saberlo en un mundo de “Nicks” imaginados?): Era ella, Sweet Green Apple, según dijo llamarse.

Y entonces, en realidad, comenzó el auténtico sinvivir: continuamente mirando por si llegaba algún nuevo comentario.

Comentarios que eran cada vez más directos y personales. Después de un tiempo, ya no hacía referencia a los escritos, sino a la propia vida real hasta el punto de que, últimamente parecían leerle el pensamiento, contestando a preguntas e inquietudes que no recordaba haber manifestado, dando su opinión sobre proyectos que aún estaba pensando.

Aquello le hizo enloquecer. Fingió una enfermedad. Pidió una baja y se atrincheró frente al ordenador, olvidando cualquier otra ocupación.

Hasta que el sueño le vencía.

En una de estas cabezadas de un sueño ocasional y enfebrecido, le despertó la alucinada sensación de que era su propio teclado, por su propia iniciativa, quien escribía por su cuenta las respuestas a sus post.

Enloquecido, ya lo dije, compitió con él en un diálogo acaballado y pasional, como una autentica discusión matrimonial hasta adquirir los tintes y derroteros de una auténtica ruptura irreversible.

No pudo más.

Cogió la grapadora como Hércules su maza y se deshizo a martillazos del ordenador, que insistía, hasta el último momento, en aquellos comentarios.

No quedó nada de él. Se ensañó especialmente, como si le trajera a la memoria recuerdos indeseables, con la pequeña manzana mordida que el ordenador lucía como logo.

Desde entonces, a la gente le extraña la media sonrisa que le ha quedado, imborrable, en el semblante.

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domingo 8 de noviembre de 2009

En la escalera

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Las cosas, a veces, se enredan que es el demonio.

Porque lo cierto es que Mateo, desde que estaba casado (hombre, de joven alguna armó, como todos, supongo), no había vuelto a mirar a ninguna mujer, quitando la propia y algún tonteo en el bar en aquella actividad un poco infantil que él llamaba “hipnotizar gallinas” y que consistía en una especie de esgrima con medias palabras y miradas que no conducían a nada.

Después de muchos años había aprendido que, al menos por tener la fiesta en paz, lo más cómodo era no jugar con fuego. Empiezas por tonteos y, al final, la cagas, decía sentencioso a sus amigos, entre cañas.

Pero, aquella vez, todo ocurrió de forma tan imprevista y sin mediar intención alguna por su parte, que hasta él mismo tuvo la sensación de verse envuelto en todo ello por alguna mala jugada del destino.

Fue un día cualquiera de noviembre. Después de una jornada de trabajo como todas. Estaba a punto de irse a dormir a la misma hora de siempre. Entró en la cocina para tomarse la pastilla con su sorbo de agua, como hacía cada noche.

La única diferencia, tal vez, era que, a mediodía, habían comido pescado. Y ya se sabe: no hay cosa más apestosa que una bolsa de basura con restos de pescado.

Se armó de valor, ató la bolsa de basura y comentó, por no asustar:

- Voy a bajar la basura. Subo ahora.

El jodido ascensor tampoco esta noche funcionaba. Casa de mierda: cuando no era el ascensor, era el agua caliente, la cisterna, la puerta de la entrada, o todo junto.

A la altura del tercero salio ella, melosa como siempre, con la bata rosa palo que parecía insinuar sus ocultas desnudeces.

- Mateo, corazón, tengo un agobio horroroso: se me ha fundido una bombilla de la sala y yo no llego.

Y después: ay por Dios, muchas gracias. Lo que vale un hombre en casa. Tómate algo, anda, que no sabes cómo estoy de agradecida. Espera que traiga unas almendras. Y qué, ¿cómo tan suelto y a estas horas?

Bueno, ya se sabe: unas cosas llevaron a las otras; una risa a un coqueteo, un ay por Dios, estate quieto, unos jadeos, unas prisas, un silencio y un sofoco.

-Y ahora ¿cómo subo y le explico a la Angelina que en bajar la basura se me han hecho las tres de la mañana?

A lo hecho, pecho. Se armó de valor, se puso un bolígrafo a la oreja y le soltó, impasible, a la Angelina que esperaba nerviosa en el pasillo:

- Pues ya ves, Angelina. La vecina del tercero que si Mateo, corazón, que si tengo un agobio horroroso: que si se me ha fundido una bombilla de la sala y que no llego. Y después: que si ay por Dios, que muchas gracias. Que lo que vale un hombre en casa. Que tómate algo, anda, que no sabes cómo estoy de agradecida. Que espera que traiga unas almendras. Y que, cómo tan suelto y a estas horas… Y bueno, ya se sabe: unas cosas llevaron a las otras; una risa a un coqueteo, un ay por Dios, estate quieto, unos jadeos, unas prisas, un silencio y un sofoco.

Pero Angelina no era de las que se deja engañar tan fácilmente:

-Anda, anda, cacho bobo. Tú siempre con tus cosas. Vamos , anda, vamos a la cama. Como que no se te ve a la legua que vienes del bingo.


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domingo 1 de noviembre de 2009

La máscara

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Es muy difícil deshacer en un momento toda una vida de huida y fingimiento. Fueron treinta años emboscado tras la máscara de algún otro cuya cara no le correspondía.
Cuando, al fin, quiso volver atrás y liberarse de toda aquella impostura descubrió, con espanto, que allí, en el espejo, sólo quedaba, flotando, su nuca.


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domingo 25 de octubre de 2009

La vaquilla

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Se reunía en Madrid, en sesión ordinaria, un buen día de Mayo, la Conferencia de Rectores de las Universidades de España para elaborar un informe sobre la propuesta de Ley de Reforma de las Universidades presentada a debate por el Gobierno de la Nación.

Tras varias intervenciones, más o menos ajustadas a la cuestión, el Rector de la Universidad Politécnica de Barcelona propuso que cada Rector volviera a su Universidad y abriera una especie de encuesta para que pudieran participar con su opinión todos los miembros de la comunidad universitaria.

Se hizo un momento de silencio, como asintiendo, roto, al fin, por la voz templada de Don Marceliano, Rector Magnífico de la Universidad Pontificia de Salamanca y Agustino dela provincia de Castilla:
-Deberíamos tener cuidado -dijo- con abrir debates nuevos, porque en la fiesta de mi pueblo, un año, soltamos una vaquilla y volvió preñada.

Aquella sentencia, como es lógico, cerró cualquier debate posterior.

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